“La Bicicrítica es una fiesta” dice su propaganda. El diario El País ha escrito recientemente un reportaje (en realidad dos) sobre la experiencia. Algunos fragmentos:

Un conductor contempla, asombrado, en un cruce de Moncloa, como una inacabable caravana de ciclistas variopintos ocupa la calzada sin dejar paso a los coches. Pasan los minutos. (…) Le cuesta casi una hora llegar a casa.

Y luego:

Otro conductor, llegando a Cibeles, se ve atrapado en un atasco colosal. Piensa que la causa sólo puede ser un accidente muy grave, un incendio o un atentado.

Suma y sigue:

Los pitidos de los coches traducen el cabreo de varios conductores. Una serpiente de bicicletas les impide avanzar. Unos cuantos de los ciclistas se han plantado en la intersección para obligarles a parar. Una chica con rastas les mira muy por encima. Va subida a un aparato tuneado, con el sillín a metro y medio del suelo. Les grita, burlona: “¡Haber venido en bici!”.

Así, jueves tras jueves:

Se organiza la masa. Y empiezan los gritos de queja: “¡Os queréis quitar de en medio!”. A algunos de los conductores motorizados les molesta esperar su paso. “Yo siempre me paro”, asegura Plácido, taxista, que se los ha cruzado ya varios jueves.

Los peatones, esos que hay que respetar tanto…

un grupo de peatones sorprendidos. “No sé cómo vamos a cruzar”, comenta uno. Las bicis no paran en los semáforos en rojo. Un hombre los esquiva a saltitos.

En fín, todo sea para bien:

La capital cuenta con 146 kilómetros de carril-bici (la mayor parte dentro del anillo ciclista, esto es, fuera del centro) y tiene previsto llegar a los 575 en 2016.

“La Bicicrítica es una fiesta”, dice la propaganda oficial. Algunos ciclistas no vemos gran cosa que celebrar en todo esto.

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