(…)
Sólo la luna, ya alta, alumbraba los campos; descubrían el brillo quedo de los metales de la bici, tirada entre los surcos. Santos la recogió y la llevaba del manillar hasta el camino. Ahora Carmen se ceñía contra él, hundía la cara en su cuello.

   —¿Qué pasa? —Dijo Santos.

   —Nada. Expansiones de cariño. —Se reía.

   —Vamos, vamos, que es tarde.

Montaron. Luego al tomar la carretera de Valencia, Santos se liaba de pronto a dar a los pedales, y en bruscos acelerones, puso en seguida la bici a gran velocidad. Con el viento en la cara, atravesaron el pueblo de Vallecas, donde ya poca gente se veía en la calle. Salían de nuevo a la carretera y Carmen vió el pueblo a sus espaldas. La luz de la luna lo delimitaba en un solo perfil, enmarcándolo en una moldura de escayola, que corría a lo largo de todos los techos. Se alejaba a todo correr y trepidaba la bicicleta por los adoquines.

   —¡Así da gloria, Santos! ¡Písale a fondo, tú!

Él sentía el pelo de Carmen volando junto a su cara. Luego entraban al puente de Vallecas, y la chica se sorprendió de verse tan de súbito entre letreros luminosos de cines y de bares y muchísima gente y luces y barullo de ciudad: preguntaba:

   —¿Qué es ésto?

Santos había frenado su carrera, para ponerse al paso de población.

   —¿Ésto? Vallecas City, ciudad fronteriza —contestaba riendo.

Regateaba con la bici a la gente de domingo que invadía las calles.

Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama. 1956.

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